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HENRY JAMES: UN PAR DE OBSERVACIONES

Crónica literaria

Por Carlos Iturra

Ciertos rasgos de Henry James, más exactamente de su obra, son tan conocidos y reconocidos que incluso están enteradas de ellos personas que aún no han leído la obra misma. La difusión de las características propias de la materia, contenido o “fondo” de esa obra debe mucho al cine: por ejemplo, es bien sabido que suele abordar la temática de jóvenes norteamericanas -herederas de fortunas colosales y movidas por ingenuos y a menudo puros intereses culturales-, enfrentadas en Europa a los refinados apetitos más o menos sofisticadamente perversos de nobles ingleses, franceses, italianos, que remontan sus genealogías a los comienzos de la edad media y que si bien poseen castillo o palacio, no tienen cómo mantenerlo o incluso rescatarlo del estado ruinoso al que ha decaído.

 

Se sabe de sus ambientes -las más altas esferas sociales, culturales, económicas, ya estadounidenses, ya europeas- y de sus argumentos -éticos-, y que en ellos la ingenuidad del Nuevo Mundo suele sucumbir a las perfidias del Viejo... Las alas de la paloma, Los embajadores, Los europeos, Madame de Mauves, harto lo demuestran, aunque algunos de esos títulos y otros tantos inviertan los sexos o las nacionalidades de los protagonistas: de repente la víctima puede ser europea, o norteamericanos víctima y victimario –como en Pobre Richard…

 

En cuanto a la forma, los amantes de la literatura saben que James es el autor, el genial autor, que cristaliza de una vez para siempre y eleva a su práctica suprema un concepto que desde él resulta de la esencia del arte narrativo: el llamado punto de vista –incluso uno de sus relatos se titula así, El punto de vista–, expresión mucho más conocida que comprendida y de la que, por ende, conviene intentar una explicación, por difícil que resulte comprenderla tanto como explicarla en toda su hondura. Desde James, en efecto, no se perdona a un escritor ninguna vaguedad, vacilación u oscilación en la perspectiva desde la cual se observan los hechos narrados. Si el narrador es uno de los personajes, no es posible que diga lo que piensan los otros, puesto que él no tiene más acceso a la mente ajena que cualquier mortal, salvo mediante la deducción, por los actos y gestos ajenos, o porque los otros se lo confiesan; si en cambio el narrador es omnisciente, y está en condiciones de decirnos lo que piensan los personajes, no se le puede aceptar, en consecuencia, que de pronto ignore lo que pasa en la interioridad de alguno de ellos… Sin congruencia en el punto de vista –que el propio James llamó a veces “consciencia central”, y “amplio reflector lúcido”–, no existe hoy una página de ficción tolerable. Tan importante como la congruencia y verosimilitud de la información que el relator entrega, es el hecho de que este recurso permite la manipulación de la comprensión lectora y del lector… 

James posiblemente sea el primer caso en que el narrador se junta con el crítico –¡crítico de su propia labor! Nadie, antes, había dejado de entregarse simple, sencillamente, a la inspiración, para bucear simultáneamente en la técnica, en el método, mediante los cuales ese narrador puede sacar el mayor partido artístico y estilístico de su material y de su escritura, con objeto de ser así máximamente fiel a la verdad de la vida y persuasivo para los lectores. 

Al margen de estos aspectos de la obra jamesiana, consabidos, cabe mencionar otros, a lo menos dos, que tal vez ya han sido señalados, pero sin obtener la divulgación de los anteriores. El primero se desprende, aunque no con necesidad lógica, de lo que el propio James consideraba escritura de calidad: dijo que la buena escritura era como la conversación de un hombre inteligente…

La conversación “por escrito” de este hombre más que brutalmente inteligente -o sea su prosa narrativa-, se singulariza por algo que muy pocos otros hacen con similar maestría: una manera discretísima, casi imperceptible a primera lectura, de ir fundiendo a la exposición de cada hecho constitutivo del relato, una suerte de comentario. Frecuentemente, el propio relato es en verdad un comentario del relato… Y como es claro que el comentario de un hecho puede llegar a ser mucho más interesante, más sustantivo y más sustancioso que el hecho mismo, esta forma de escritura le permite conferir quilates a situaciones que por sí solas resultarían insignificantes… Pocos autores hacen esto, y no sé de ninguno que lo haga con una categoría tal que enriquece, despliega, da verosimilitud y complejiza hasta el último acontecimiento de sus ficciones. En Lo que Maisie sabía, por ejemplo, donde el divorcio de un matrimonio que se detesta es narrado desde el punto de vista de su pequeña hija, leemos que tras el proceso judicial “…la niña fue repartida siguiendo una fórmula digna del tribunal de Salomón. Se la dividió en dos y las dos mitades se repartieron equitativamente entre los disputantes. La tendrían consigo por turnos de seis meses cada uno…” Puede que este tipo de pasajes haya visto antes, pero en esta novela es lo que hay en cada una de sus cuatrocientos cincuenta páginas. Otro ejemplo, también tomado al azar, como es preferible que sea, de Washington Square –filmada con el título de La heredera, protagonismo de Montgomery Clift y Olivia De Havilland, dirección de William Wilder: “…Él no le preguntó si había vuelto a ver a Morris, porque estaba seguro de que de ser ese el caso, ella se lo hubiese dicho. En efecto, Catherine no lo había visto; solo le había escrito al joven una carta larga. Al menos fue larga para ella; y, puede agregarse, también lo fue para Morris. Consistía en cinco carillas escritas con letra notablemente bonita y prolija. La escritura de Catherine era hermosa y la joven se sentía un tanto orgullosa: le gustaba mucho copiar y poseía volúmenes de extractos que atestiguaban su habilidad, volúmenes que un día, en que fue muy intensa la gloria de sentir que era importante a los ojos de él, ella le había mostrado a su enamorado. Le dijo a Morris, por escrito, que su padre había expresado el deseo de que no volviera a verlo, y que le rogaba que no viniera a la casa hasta que ella hubiera ‘tomado una decisión’. Morris contestó con una apasionada epístola en la que le preguntaba qué era, en nombre del cielo, lo que debía decidir…”

Una segunda observación sobre la narrativa de James, que no sin motivos ha sido acusada de psicológica, atañe a la naturaleza de esa psicología. Es vox populi que compuso un arte intensamente psicológico: llega a calificársele incluso de maestro en el análisis psicológico de los personajes… A este respecto, recordemos, antes, esa jugarreta feliz que Borges y Bioy Casares cometieron alguna vez: un listado de temas de los que un buen escritor debía privarse, y donde consignaron humorísticamente una variedad tan completa, que casi no dejaron tema posible: “En la literatura hay que evitar: …definición de personajes por manías. Cf. Dickens; parejas de personajes burdamente disímiles: Quijote y Sancho, Sherlock Holmes y Watson; vanidosos juegos con el tiempo y el espacio: Faulkner, Borges, Bioy…” Uno de los temas proscritos era el psicológico, debido a que, según este par de amigos, ¿quién ignora que en psicología todo es posible?, suicidas por contento, asesinatos por benevolencia, etcétera, lo cual vuelve arbitrario el tratamiento de los personajes -y los autores, irresponsablemente, pueden llevarlos por donde se les antoje. Pues bien, algo de eso padece, en efecto, la literatura psicológica, algo parecido a eso es lo que habitualmente se entiende por literatura psicológica, y nada de eso se encuentra en James.

Lo que hace James es por completo ajeno a las mitologías freudianas, como diría el mismo Borges (subconscientes, Edipos y toda esa familia de entidades mentales que de seguro James ni siquiera conoció). En él se trata de otra cosa: de que acompaña el desarrollo de sus tramas con el discurrir racional de sus personajes, con el curso de sus respectivos pensamientos, con su reflexionar, transcribiendo para el lector lo que razonan, y en la forma en que razonan. Por supuesto que ese pensar, más sus correspondientes actos externos, pintan de manera cabal la psicología de los personajes, pero no como después llegaría a entenderse la expresión “literatura psicológica”. Y agréguese que dicho procedimiento es el que pone a James entre los fundadores o precursores de la corriente de la consciencia y del monólogo interior. Desde luego, los narradores “omniscientes” siempre dieron a conocer los pensamientos e ideas de sus personajes, solo que James va un paso más allá y hace de la secuencia del pensar una acción por sí misma, un fenómeno narrativo -al que dota de un interés no menor que el de la secuencia de los actos. A ver si lo ejemplifican estos dos párrafos de Los europeos: “Gertrude atravesó lentamente la mansión, cruzando las vacías habitaciones: amplias, de colores claros, decoradas con paneles de estuco y muebles de caoba de patas esbeltas; y en las paredes, grabados antiguos, en su mayor parte sobre temas bíblicos, colgados a mucha distancia del suelo. Esta agradable sensación de soledad, de disponer de la casa para ella sola, siempre excitaba la imaginación de Gertrude; ella no podría haber dicho por qué. Siempre le parecía que tenía que hacer algo especial, que tenía que hacer honor a la ocasión; y mientras correteaba preguntándose qué es lo que podría hacer, normalmente la posibilidad llegaba a su término…” Más adelante: “Mr. Wentworth nunca se hubiera atrevido a afirmar que Robert Acton tuviera madera de héroe; pero no se le puede culpar demasiado, porque el mismo Robert tampoco se hubiera atrevido a hacerlo. Acton usaba siempre de gran discreción, incluso para juzgarse a sí mismo. Sabía que no era tan hombre de mundo como se suponía en los círculos locales, pero hay que añadir que su natural astucia tenía un alcance del que los círculos locales nunca habían tenido ocasión de calcular la justa medida…”

Asimismo podría añadirse que en James la médula de la ficción es siempre de carácter moral, con tal que se precise de inmediato: no tanto porque, como suele entenderse eso, lo anime el propósito de enseñar a ser bueno, y de soltar una moraleja explícita o tácita, sino porque el núcleo del argumento -el epicentro de la red de pensamientos y actos que aprisiona a los personajes en la maraña de nudos y dificultades de su historia y avatares-, tiene por causa y a la vez por desenlace decisiones personales, íntimas, de naturaleza ética. La de las letras es la única bondad que enseña.

En el Sistema de Bibliotecas de Providencia se encuentran disponibles los siguientes títulos de Henry James: El altar de los muertos y otros cuentos de escritores, Las bostonianas, Los embajadores, Los europeos, La lección del maestro, La vida privada, La figura de la alfombra, Otra vuelta de tuerca, Los papeles de Aspern, La princesa Casamassima, Relatos, El retrato de una dama, La vida privada y otros relatos.

 

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