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Martes, 27 Junio 2017 16:28

LA VERDAD SEA DICHA

Crónica literaria

Por Carlos Iturra

La verdad, esa palabra tremenda, pierde mucho de su condición problemática cuando se asimila lo que dicen de ella Aristóteles y Santo Tomás de Aquino: para las corrientes aristotélico-tomistas, en efecto, la verdad es la adecuación entre el intelecto y la cosa. Cuando la cosa es un triángulo y lo que recibe y percibe el intelecto de quien la observa es también un triángulo, prácticamente se ha logrado la verdad. Solo falta que esa percepción se manifieste en un juicio: un juicio es una afirmación o negación de algo, de modo tal que mientras el observador no manifieste “eso es un triángulo”, aún no hay verdad, y mientras no diga “eso es un rectángulo”, aún no hay mentira –o error. La diferencia entre el error y la mentira radica, por cierto, en que el primero es involuntario, y la segunda es deliberada. El primero, entonces, no atañe a la ética, la segunda sí.

 

El cristianismo, particularmente el catolicismo, llevó lejos la pormenorización casuística de la mentira, dado que el “no mentir” –junto con el no levantar falso testimonio- consta en las Escrituras como uno de los Mandamientos de la llamada Ley de Dios, el octavo. Un libro en el que se hallan no pocos dictámenes horrendos y bastante superados, pero también aciertos menos obsoletos y difícilmente refutables, el Catecismo de San Pío X, de 1905, enumera algunas de las formas que puede asumir la mentira: la murmuración o detracción –manifestar, sin justo motivo, los pecados y defectos ajenos-, la calumnia –atribuir maliciosamente al prójimo culpas y defectos que no tiene-, la adulación –engañar a uno diciendo falsamente bien de él o de otro, con el fin de sacar algún provecho-, la sospecha temeraria –juzgar o sospechar mal de uno sin justo fundamento… Cuando define “mentira”, afirma que es un pecado consistente en asegurar como verdadero o falso, con palabras o con obras, lo que no se tiene por tal, y añade que la mentira puede ser de tres clases: jocosa, oficiosa y dañosa; la primera es burla o juego y sin perjuicio de nadie; la segunda se comete en provecho propio o ajeno, sin perjuicio de tercero; y la última, la peor, afirma una cosa falsa en perjuicio de tercero. Las dos primeras son pecados veniales, la última, mortal.

El mismo Catecismo ofrece estas otras meditables precisiones. Que jamás es lícito mentir, ni por juego ni por interés propio o ajeno, “por ser cosa en sí mala”. Sin embargo, nosotros bien sabemos que a veces la mentira es indispensable, para evitar males mayores. En el versículo 24 de Fragmentos de un Evangelio apócrifo, Borges dice “No exageres el culto de la verdad: no hay hombre que al cabo de un día no haya mentido con razón muchas veces.” Pues sí: el ocultamiento o distorsión de la verdad suelen contribuir a posibilitar la vida, y los mitómanos profesionales no son los únicos que recurren a la mentira: quizá en el colmo de la mendacidad malintencionada se encuentren los que profieren mentiras en aras de la verdad y en defensa del octavo Mandamiento, que aseguran venerar; también es frecuente ver a defensores de la vida instigar o practicar el asesinato.

En cuanto a si es preciso decir siempre lo que se piensa, Pío X, santo, responde razonablemente que “no siempre es preciso, especialmente cuando el que pregunta no tiene derecho a saber lo que pregunta”. 

Hoy conviene agregar a las catequísticas de San Pío X otras versiones de la mentira: exagerar o tergiversar lo que ha dicho otro, para presuntamente “refutarlo” o sencillamente ridiculizarlo, es una forma de mentir. Argumentar con sofismas y falacias es obviamente mentir. Una verdad a medias, ya se ha dicho por lo demás desde antiguo, equivale a una mentira completa, al menos cuando deja en el receptor la idea no de media verdad, sino de algo que parece cierto sin serlo. En el actual debate público, el objetivo de los polemistas no es la verdad: no se trata de filósofos, ni siquiera de científicos, sino tan solo de políticos, que en su gran mayoría persiguen solo el poder y el triunfo; de ahí que no trepiden en hacer caso omiso de lo que haya argumentado el contrincante, sin advertir que para refutar una idea es preciso haberla comprendido antes a fondo, o de lo contrario lo que se refuta es cualquier cosa menos esa idea: sostener en tal caso que se ha refutado al contrincante es doble mentira: no se lo ha refutado, y el presunto triunfo en el debate tampoco ha sido tal triunfo. A diferencia de dos filósofos o dos científicos o dos auténticos intelectuales, dos políticos no aspiran a confluir en una conclusión racionalmente compartida, aspira a quedar cada uno de ellos como el único propietario de la razón.

Nietzsche hizo un aporte decisivo a las anteriores nociones filosóficas de la verdad: lo que ha recibido el nombre de “perspectivismo”, revelación de que la verdad está determinada en gran medida por el punto de vista del observador: no desde cualquier perspectiva una figura geométrica de tres lados es un triángulo. Desde cierta perspectiva lateral puede ser incluso una mera línea recta, al igual que un círculo. Eso plantea desde luego la cuestión de si acaso todas las cosas pueden ser observadas desde un ángulo adecuado o correcto, que permita obtener de ellas una percepción completa, capaz de dar origen a una verdad, o si todas están condenadas a no ser vistas más que parcialmente y por ende de manera relativamente falaz.

Este perspectivismo, sin embargo, que en principio ha sido un aporte a la comprensión del concepto, ha degenerado en prácticas poco éticas de las que se abusa en las polémicas, pero que también pueden advertirse en todos los terrenos: por intereses de cualquier orden, sobre todo ideológicos o religiosos, alguien que está frente a un triángulo afirma que está frente a un círculo. Si se trata de un triángulo pero el observador realmente ve un círculo, no hay mentira, solo hay un error, pero si afirma ver un círculo sabiendo que ve un triángulo, miente, y con alegar que esa es “su verdad” no aminora en nada ni la mentira ni la falta de ética. Podrá jurar que lo que ve es un círculo, y hasta podrá mirarnos con una sonrisa burlona y desafiante: pruébenme que miento, demuestren que esa no es “mi verdad”, evidencien que lo que veo es un triángulo y no un círculo, y todos cuantos advertimos que lo que hay es un triángulo podremos ser todo lo incapaces que él quiera de demostrarle que miente, incapaces de desenmascarar su mentira, pero tanto nuestra conciencia como nuestra intuición estarán dándonos la certeza de que falta a la verdad, del mismo modo que su propia conciencia –la del que miente parapetado en la relatividad perspectivista- sabe también que está mintiendo.

Mencionadas la política y hasta la religión como ámbitos en los que se acostumbra mentir de esta manera, cabe añadir la literatura; más aún, la ficción. Porque la ficción, paradójicamente, es una mentira que sirve para decir una verdad. Y sin embargo, como ha observado ingeniosamente Chesterton, la ficción tiene un deber del que la realidad carece, y es el deber de ser verosímil. La realidad no está obligada ni mucho menos a ser verosímil, se permite los fenómenos más increíbles, y nos los impone de tal forma que sería absurdo negarnos a que son verdaderos. La ficción, en cambio, si no es verosímil, no convence, y se frustra: fracasa en su cometido.

Ese símil de la verdad con el que la literatura está obligada, importa no tan solo para la eficacia de la ficción, sino que involucra también la ética del escritor. D.H. Lawrence es quien lo dice justamente así: la ética del escritor descansa en el hecho de que sea leal a su propia imaginación, a su propia obra, sin hacer intervenir sus opiniones o sus creencias para inclinar el platillo de la balanza en el sentido de sus intereses. El escritor que, según Lawrence, mete el dedo en la balanza para llevar su relato hacia las ideas que quiere favorecer, en vez de dejarlas vivir su propia vida, está haciendo mentir a su propia escritura, y esa es la mayor falta ética que, en tanto escritor, puede cometer.

Para Borges, lo más superficial en un escritor son sus opiniones. “Todos saben, afirma, que yo aborrezco el comunismo, el nacismo, el antisemitismo, pero no permito que mis opiniones interfieran en mi obra.” Y agrega que abomina del concepto de “escritor comprometido” porque implica que el escritor no es libre de escribir lo que quiera: desde luego, si está comprometido -con una ideología, una doctrina, una secta- tiene que serle fiel, so pena de incurrir en incongruencia, deslealtad o traición y hasta de ser expulsado del “partido”. La idea original que emerge a la conciencia de un escritor como germen para un cuento o una novela, surge desde un fondo oscuro que los freudianos podrán llamar subconsciente, pero que en todo caso es aquella zona oscura, pantanosa, magmática, que rodea a la lucidez de la conciencia. Las opiniones, en cambio, están en un plano que, con relación a ese otro, viene a ser como la superficie de una esfera con respecto al centro de la misma.

El escritor debe dejar que sus personajes vivan su propia vida, y, como dice Lawrence, no pretender fijarlos, ni a ellos ni al fluir de sus verdades, como si fueran un letrero que se clava al tronco de un árbol, porque si lo hace, o bien mata al personaje, o bien este y su verdad se desgarran del clavo y siguen su camino, si es que han adquirido la suficiente vida y la suficiente fuerza. Tras unas cuantas páginas, el carácter del personaje y las verdades puestas en marcha en la ficción poseen ya una dinámica propia, y si las opiniones del escritor se oponen a ello y pretenden cambiar el destino de uno y de otras, la falla no solo es ética, sino que se le está faltando al lector en un sentido no menos decisivo literariamente: el de la verosimilitud, una falla técnica o de método, si se quiere, que arruina la posibilidad de persuadir y que acaba con el placer de la lectura y hace cerrar el libro esbozando una sonrisa un tanto desilusionada pero también un tanto desdeñosa: “Questa storia non é vera…”, dirá el que sabe algo de italiano, recurriendo a esa vieja y expresiva muletilla.

Desde luego, también está el hecho de que cuando un escritor ofrece literatura, ficción, y lo que hace de veras es entregar propaganda encubierta, proselitismo solapado, está incurriendo igualmente en una mentira más, en un engaño tan burdo, para quien sabe leer, como el de pasar gatos por liebres...

Habiéndose puesto de moda hoy en día la idea y la práctica de la “post verdad” –una especie de rienda suelta a la mentira, que más pronto que tarde pasará de moda-, urge decir que para el ser humano, como ente cognoscente, la verdad está muy por encima de cualquier moda, puesto que se trata de algo inherente a la inteligencia y sus aspiraciones intrínsecas. Como tampoco podrá pasar de moda jamás, según pretenden algunos, la honestidad intelectual, que si bien es imperativa para toda persona con consciencia ética, rige sobre todo para quien ejerce el oficio de la escritura, o las labores del pensar: pronto volverá a ser tan imperiosa como siempre fue, y el intelectual o escritor –como tantos del presente- que se mofa de la verdad, que no se cuida de seguirla adonde sea que la vea, que es indiferente a ella, que se burla del “ingenuo” que continúa creyendo en ella, que se ríe del amor y aun de la esclavitud a ella, se verá privado simultáneamente de toda credibilidad, de toda consideración y, su obra, de todo respeto.

Un humorista (¿fue Jardiel Poncela, tal vez?) escribió: “La verdad es una línea imaginaria que divide al error en dos partes”. Se trata, sin duda, de una broma ingeniosa, ¡pero no es verdad! Es mentira…

 

 

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