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Martes, 18 Julio 2017 14:03
PARA BIBLIOTECÓFILOS…!
 

LA MUERTE SEGÚN SÉNECA

Crónica literaria

 

Por Carlos Iturra

 

Las cartas de Séneca sobre el tema de la muerte, dirigidas a su amigo Lucilio, que ha seleccionado y traducido José Luis Ramaciotti, dicen mucho de lo que según el filósofo estoico ya se había repetido antes de él (con frecuencia cita, por ejemplo, a Epicuro), y que desde él hasta hoy se ha vuelto a decir no pocas veces: ideas que aspiran a un imposible, no obstante estar entre las de más absoluta racionalidad en la materia, ideas cuya evidencia y sabiduría es traslúcida, y que sin embargo no logramos hacer carne en nosotros, incapaces de adecuar a ellas –que son lo real– nuestro intelecto, pues así es como mejor se define verdad (“adecuación entre el intelecto y la cosa”); ideas, en fin, de las cuales, pese a ser irrealizables, se dan insignes casos de realización. Ideas que puede hacerse el intento de resumir, aunque con gran pérdida, en tan breves palabras como escueto es el estilo del filósofo: lo que importa no es que la vida sea larga, sino que sea plena. Hay que vivirla sin pensar en la muerte, mucho menos temiéndola, sino dándola por lo único cierto y viéndola, ya que no con alegría, al menos con indiferencia, con naturalidad. ¿Viéndola venir? ¡Pero si ya está aquí, al lado de uno, en todo momento! No importa cuán larga fuera, la vida sería breve, y más breve todavía, o tal vez más pesada, cuanto menos volcada a la virtud y a la sabiduría, cuanto más entregada a la simple duración sin plenitud. ¿Una vida larga? ¡Vaya!, “lo que acaba es siempre corto”, diría siglos después Santa Teresa. ¿Es que el pobrecito murió tan joven? “Felices los que mueren antes de desear la muerte”, escribió Francoise Sagan, deseo que vemos expresar a tanto anciano que ya vivió en demasía, mientras que desde una antigüedad aun anterior a Séneca llegan los ecos de la conocida sentencia “Los amados de los dioses mueren jóvenes.” Cuánto Séneca se advierte en las luminosas páginas de Schopenhauer sobre estos asuntos: a veces valiéndose prácticamente de los mismos conceptos, como aquellos acerca de la nada póstuma, que bien poco hay que temer puesto que en nada difiere de la nada prenatal…

 
Pero claro, aunque estas ideas se hayan dicho unas cuantas veces a lo largo de la historia –y si no fuese así cabría considerarlas invenciones o arbitrariedades de Séneca, en lugar de verdades sustanciales, o cuando menos correspondientes a una de las dos formas básicas en que el hombre cree distinguir la verdad respecto de la vida y su término–, raramente se habrán dicho con el esplendor retórico que obtienen de él, y aún más escasamente quien las expresara las ha ejemplificado con su propia muerte como el maestro de Nerón, al que su temperamental discípulo mandó cortarse las venas –orden cumplida con una entereza y serenidad del todo acordes a su propia filosofía y dignas de la actitud de Sócrates, a quien el mismo Séneca no dejaría de recordar en su hora final, como lo corrobora el impresionante fragmento de Tácito que el traductor tuvo el acierto de agregar a continuación de las Cartas, en rigor epístolas.
 
Tal cual haría Schopenhauer más tarde, con su prosa no menos admirable aunque tan diferente, Séneca enseña el absurdo de sufrir ansiedad o miedo porque las cosas sean como son: fugaces. Y tal como yo habría deseado muchas veces, leyendo a Schopenhauer, pedir audiencia al ilustre misántropo que tanto bien le hizo al hombre, y que de seguro me la habría negado, a fin de rogarle por ciertas precisiones, desearía ahora hablar con Séneca, para escuchar de su voz misma la reflexión que hace en otra de sus Cartas –la XCIX– acerca de un aspecto de la muerte no menos abrumador para el alma que la muerte propia: la de los seres queridos. Puedo llegar a esperar la mía con tranquilidad, ¡pero cómo aceptar con paz la de personas o incluso animales que amo o he amado! Esto lo contesta en términos similares a los siguientes: Necio, ¿no te quejas acaso de la brevedad de tu vida? Pues advierte entonces cuán poca delantera te llevan los que parten antes que tú, y cuán pronto has de alcanzarlos, cuán presto tampoco tú has de estar. Y esa partida, que para ti será un alivio, ¿por qué se la regateas a ellos, que también han pasado a estar mejor que aquí, desprendiéndose de la carga de la existencia?
 
Según la deslumbrante imagen de Baudelaire, reflejo elocuente del pensar de Schopenhauer, “la vida es un desierto de tedio, con oasis de horror.” Tanto para Séneca como para Schopenhauer –y esta es una de las asombrosas coincidencias entre ambos filósofos, o una de las más originales ideas que el segundo asimiló del primero–, la felicidad no es algo positivo, con existencia o acontecer propios, sino algo negativo, en el sentido de que corresponde a un vacío, a una interrupción del dolor, que es lo que sí existe, y lo que equivale al estar vivo: dolor o tedio, según Schopenhauer. Dolor por desear bienes que se persiguen incansablemente hasta el extremo del cansancio, que sin cesar huyen delante de uno, y que si se los alcanza: o están lejos de ser lo que se esperaba que fueran, o si lo son, los reemplazan al instante otros anhelos no menos fugitivos; y si alguna vez alguien logra alcanzarlos en conjunto y del todo, hasta no desear ya ningún otro, son la causa del aburrimiento que sobreviene a continuación y que puede convertir la vida, que sin duda la convierte, esa misma vida que hasta entonces fue correr entre el prurito de las inquietudes, el aguijón de las ambiciones, los espejismos de la esperanza, en otra forma de infierno.

Sí, también hay que conocer los consuelos que Séneca da a las penas y a los temores formidables de perder a quienes se ama: “Si hubieras perdido a un amigo, que es la mayor de las pérdidas, debieras poner más empeño en gozarte porque le tuviste que no en atribularte por haberlo perdido”, dice. Y es de toda lógica: como los etruscos, lo que cabe no es lamentar que ese ser haya muerto, sino celebrar que viviera, que haya visto el sol y las nubes, conocido el sabor de los manjares o de cualquier alimento que el hambre vuelve un manjar, degustado el amor, el canto, la poesía, el día, la noche… En las tumbas, sarcófagos, sepulcros etruscos, se encuentra esa lección: la de que al terminar una vida, lo pertinente es el festejo de que haya llegado a su cumplimiento absoluto. Y no el más amargo de los desgarros del alma, como lo muestran las patéticas esculturas que tan célebre hacen al cementerio Staglieno, de Génova, en el que todas las torsiones y contorsiones del dolor del duelo encuentran tan artística expresión, pero a la vez tan escasamente filosófica, si es que de veras la filosofía no es más que, como dijo Montaigne, el aprendizaje de la muerte –de la propia tanto como de la ajena, ¿no? Por otra parte, sin embargo, cómo olvidar los versículos del Eclesiastés: hay la hora de reír, y hay la hora de llorar. Y cuando llega esta última, no hay que eludirlo… Palabras soberanas, armónicas con lo dicho por Aristóteles, paradójicamente El Filósofo por antonomasia: que la muerte es, de las cosas terribles, la terribilísima…

Asimismo, habría sido bueno preguntar a ambos filósofos, en este caso a Séneca –y bastaría con su respuesta, que Schopenhauer no habría pasado por alto–, cómo resignarse a la diferencia que hay entre el olvido completo en el que desaparece una persona cualquiera, al morir, o a poco de morir, con la inmortalidad a la que asciende en igual momento el que ha realizado una gran obra, como es el caso del mismo Séneca. Porque esta clase de personas no muere del todo. La respuesta quizá habría sido otra pregunta: ¿y de qué le sirve esa inmortalidad… al muerto? ¿Esa gloria póstuma al que nada ha dejado de sí mismo, por muy imperecedero que fuese su trabajo, capaz de disfrutarla o de tener siquiera conocimiento de ella…?

De acuerdo a lo que este par de filósofos manifiesta en sus respectivas obras: una vida plena, la única que vale la pena de ser vivida, así como no depende de su extensión, tampoco depende de la realización de una gran obra perdurable. Depende de haberla dirigido a la búsqueda y eventualmente consecución de sabiduría y virtud. Como estos dos filósofos meditan libres de credo religioso, entregados al solo ejercicio de la razón, podemos asumir que para ellos la vida carece de sentido propio, y que solo tiene el que uno pueda otorgarle: posiblemente, el del amor y amar de los seres amados, el de un trabajo querido y bien realizado, no importa cuán modesto sea, el de la degustación de las cosas mejores, como la propia filosofía, el arte, la naturaleza…, formas de virtud y sabiduría lo mismo que fuentes de placer.

Una pregunta más que alguien podría formular a Séneca ante esta perspectiva de la muerte asumida como cosa natural y eventualmente deseable, es la de qué hacer cuando su advenimiento es doloroso, físicamente, y aun insufriblemente doloroso: Séneca ya dio la respuesta: el suicidio es para él un acto supremamente respetable, y da ejemplos, escalofriantes algunos, de personas que eligieron largarse de aquí por sí mismas antes que esperar a ser echadas en forma ignominiosa, sin dignidad ni piedad.

Dado que la edición de estas cartas que tan felizmente ha elegido Ramaciotti es bilingüe, aun el que no sepa nada de latín puede ir comprobando el mérito de su traslado, que convierte la seca concisión latina –acentuada por el estilo sentencioso y apretado del noble filósofo- en reconfortante y viva prosa donde la muerte según Séneca nos concilia persuasiva y definitivamente con el desenlace de este asomo al mundo que llamamos existir. Cualquier otra duda acerca de Séneca o de estas Cartas queda resuelta en el exhaustivo Prólogo del traductor con firme dominio, amenidad y clásicos acentos, cualidades asimismo presentes en las notas reducidas a lo indispensable con que luego facilita la más despejada lectura.
 
“Lo que importa es vivir bien, no cuánto tiempo. Sin embargo con frecuencia en esta materia vivir bien no es vivir demasiado”. Séneca dixit.
 
SÉNECA
Cartas sobre la muerte
Selección, traducción y notas de José Luis Ramaciotti
Ediciones Tácitas
Santiago, 2014
 

 

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