logo providencia azul 2017

ENIGMAS DE LA FILOSOFÍA: ENTRE DIOS Y CAMUS

Crónica literaria

Por Carlos Iturra

Hay un cierto número de misterios, calificables de filosóficos, que la inteligencia humana es capaz de percibir y de plantear, pero no de resolver ni superar. El listado podría ser largo, pero limitándolo a los principales, los más acuciantes y los más intrigantes, cabe cifrarlos entre cinco y diez. El primero de todos, por cierto, es “Dios, ¿existe o no?” Luego, el mundo que experimentamos, ¿es real, o es ilusorio y la verdadera realidad se encuentra detrás y resulta inaccesible? Luego, el hombre, ¿es libre, o el imperio del principio de causalidad es absoluto? Luego, el pasado, ¿pudo ser diferente? Luego, ¿hay algo en el hombre que sobrevive a su muerte, o todo se acaba con ella? Luego…

 

Más aún que carecer de respuesta, lo que ocurre con cada una de esas interrogantes es que todas disponen de dos, contrarias, y a veces de tres, incompatibles entre sí: de un argumento a favor y de otro en contra, cada uno tan sólido como el otro, pero la vez por igual refutables y no definitivamente concluyentes; ante eso la razón carece de motivos racionales para inclinarse por ninguno. En efecto, a lo largo de la historia se deslizan sin interrupción las escuelas y sistemas filosóficos, y en ciertos casos incluso religiones, todos de la máxima importancia y respetabilidad, con representantes egregios, que contestan en forma opuesta las preguntas señaladas. La razón, entre esas respuestas contrarias, no puede más que permanecer indecisa y quedar en la duda –“uno de los nombres de la inteligencia”, como ha dicho Borges.

 EL MUNDO COMO ILUSIÓN

Por ejemplo, si acaso este mundo es real o ilusorio, y si la verdadera realidad está detrás… Las personas poco proclives a las inquietudes filosóficas suelen pensar que esta pregunta es artificial y que “evidentemente” –y por desgracia- este mundo es real. Sin embargo hay poderosos motivos para dudarlo, el principal: su fugacidad. Hubo un momento, hace dos mil quinientos años, en el que Platón y sus discípulos discutieron el punto, echados en sitiales de duro mármol, oyendo cada uno las inconfundibles voces de sus amigos, palmoteándose las espaldas al despedirse y montar sus cabalgaduras o emprender caminando, por calles empedradas, el regreso a sus casas. Tan presentes les era todo eso y cada uno a los otros, como hoy le ocurre a cualquiera de nosotros en una reunión con amigos. Y sin embargo, ¿qué quedó de aquello? Nada, absolutamente nada, descontados algunos nombres, algunas palabras que fueron escritas y algunas ruinas mejor o peor conservadas. Todo lo demás se hizo polvo y desapareció, hombres, mármoles, calles, voces, piedras… Así también, ¿qué quedará de nosotros dentro de otros dos mil quinientos años? Todo se habrá desvanecido. “Este tranquilo polvo que veis fue damas y caballeros”, dice un verso de Emily Dickinson.

Semejante constatación lleva a la mitad de los pensadores que ha habido y de seguro que habrá, a considerar que una realidad de la que pronto no hay apenas vestigios, no puede ser la verdadera, y es lo que ha hecho, ya desde los filósofos presocráticos, plantear que el vendaval o catarata de seres, cosas, acontecimientos entre los que vivimos es meramente aparente, un velo, detrás del cual se nos oculta que de veras es. Para Parménides, por ejemplo, el ser es uno, inmóvil, eterno: el movimiento que vemos no existe, y su discípulo Zenón de Elea se encargó de demostrarlo con aporías célebres, entre ellas la de Aquiles y la tortuga: se pueden sintetizar diciendo que el movimiento es pasar de un punto A a un punto B, pero antes hay que pasar por la mitad, y antes por la mitad, y antes por la mitad… En suma, entre A y B hay infinitos puntos, de modo que para llegar a B se requeriría un tiempo infinito. En otras palabras, el movimiento implica un absurdo, es irracional, y por ende, no puede ser otra cosa que ilusión. Estas aporías solo vinieron a encontrar refutación relativa más de dos milenios después, cuando Kantor formuló la teoría de conjuntos. Contrario a Parménides y los eleatas estaba Heráclito, para quien la esencia de lo existente es el movimiento, y por eso simboliza el ser con el fuego y afirma “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, ya que la segunda vez el río es otro –y también el que se baña. A Hegel, que si bien en cierto sentido desarrolla hasta lo infinito, mediante la noción de dialéctica, la idea nuclear de Heráclito, se debe un aserto que confirma a Parménides: “Todo lo real es racional, todo lo racional es real”. Siendo irracional el movimiento, afirmaría Zenón de Elea, no puede ser real. Durante una conversación al respecto, Diógenes dijo “Eso yo lo refuto así”, y poniéndose de pie, caminó: solo que con ello no hacía justicia a los eleatas, pues ellos nunca negaron que “parece” haber movimiento –solo que, en su opinión, es imposible que lo haya.

El mismo Platón sostiene después que todo aquí es sombras y que lo real son los arquetipos, situados en el “topos uranos”, el lugar celeste: ahí se encuentran las ideas o arquetipos de los cuales lo que acá abajo vemos y sus infinitas variaciones son meras copias insustanciales. En esencia, también lo sostiene Kant,  solo vemos fenómenos, pero la “cosa en sí” –el “nóumeno”- es inaccesible, y asimismo lo sostiene Schopenhauer: lo que existe es una fuerza ciega y sin designio inteligente que él llama voluntad, completamente diferente de lo que se entiende por voluntad personal, y de la que nuestro mundo no es sino un chisporroteo eternamente fugaz e insustancial. Por otra parte, es lo que igualmente afirman el hinduismo y el budismo: para ambos, el mundo es “maya”, o sea ilusión

Una manera aún más radical de poner en duda la verdad del mundo ha consistido en afirmar que no podemos dar fe de que exista ni de que sea como lo percibimos, pues esto último es tan solamente lo que nuestros sentidos nos hacen llegar al cerebro y lo que el cerebro estructura con esa información sensorial: la organiza como puede, de acuerdo a su particular naturaleza. En Kant y en Schopenhauer, tiempo, espacio y causalidad están en el cerebro, o en la consciencia, no en el mundo, y son lo que nos permite actuar en un medio cuyas reales características no podemos sospechar o, en el mejor de los casos, apenas concebir.

También los poetas han experimentado esta sospecha y la vieja idea de que la vida es sueño ha tenido muchas manifestaciones, no solo la de Calderón: ya antes había escrito Walter von der Volgelweide “¿He soñado mi vida, o fue todo un sueño?”, mientras que el Hamlet shakespeareano afirma que “estamos hechos de la misma materia que los sueños”. De este soñar que llamamos vigilia, ¿se despierta algún día a una vigilia que no es sueño…?

Por el lado contrario están todas las escuelas materialistas y realistas, de Demócrito y Aristóteles a Santo Tomás, Marx o los existencialistas, para quienes este mundo es todo lo que hay –materialismo-, o es tan real como la otra mitad de lo que hay -que sería el “más allá”, postura del llamado realismo-, y según estas escuelas tanto los sentidos como el cerebro nos dan de él una idea perfectamente adecuada...

CAUSALIDAD O LIBERTAD

Respecto de la libertad: nos parece que somos libres, desde luego, cuando menos relativamente, y que podemos decidir a nuestra voluntad continuar leyendo o dejar de leer... El punto es que nadie niega que tengamos la ilusión de que así es: lo que se afirma es que todo tiene una causa, que el “acto gratuito”, es decir sin motivación ninguna, es inconcebible, y que ni siquiera el azar es posible. Determinismo, fatalismo, predestinación, son algunas de las versiones de esta convicción, que por lo demás es la que sustentan la cultura y la fe del Islam: Omar Kayam, el gran poeta persa del S. XIII, dice en una de sus Rubaiyat “Lo que el destino escribe, escrito está. Ni toda tu piedad, ni toda tu astucia, conseguirían tachar una sola línea: todas tus lágrimas no lograrían borrar una sola línea.” En el Cristianismo, hay desde Lutero iglesias protestantes para las cuales todo ha sido determinado por Dios, mientras que en el catolicismo prevalece la noción de “libre albedrío”, de acuerdo a la cual somos responsables de nuestros actos. En Kant, la inexorable y férrea cadena causal solo tiene un paréntesis, el de los planos moral y estético, en los que según este filósofo somos libres: lo que a él le interesaba preservar era la idea de responsabilidad personal, equivalente al libre albedrío, pero hay consenso en que esa es la sección más débil de su sistema y no son pocas las veces que se ha refutado esa dudosa interrupción suya en la causalidad. Si alguien cree que por preferir una camisa azul a una verde está efectuando un acto libre, es porque no ha pensado que hasta la más ínfima de sus preferencias bien podría haberla decidido de antemano una infinita red de causas precedentes, materiales o síquicas, una red que se hunde hasta el principio de los tiempos y que no es posible visualizar y apenas imaginar, pero que no por eso cabe descartar: podemos ignorar la causa que nos mueve a preferir la camisa azul, pero es imposible que la elijamos sin causa –causa que a su vez es el efecto de otra, y así in infinitum...

Debe recordarse que David Hume, uno de los grandes empiristas ingleses junto con Locke y Berkeley, niega que exista la ley de causalidad: por el contrario, dice, solo contamos con la repetida percepción de fenómenos que se dan uno después del anterior: cuando en el billar, por ejemplo, una bola golpea a otra, la segunda se mueve sin que haya nada intrínseco a ello que lo haga ocurrir así: ha ocurrido millares de veces, eso es todo, pero bien podría una vez cualquiera no ocurrir. Esta postura es difícil de refutar, y quizá quien mejor lo ha hecho es Maine de Biran, o tal vez fuese mejor decir que da una demostración inédita de que la causalidad existe: su argumento parte de lo sicológico, que es el deseo, voluntad o energía para lograr algo, y termina en el mundo exterior, donde ese impulso se concreta en modificaciones de la realidad: la decisión de un sujeto operando sobre un objeto representaría, en su base, tanto la causa como el efecto -que después se proyectan y extrapolan al todo, como fundamento metafísico de cualquier cambio, en la medida en que cualquier cambio es el efecto de un cambio previo, vale decir, de una causa.

El principio de incertidumbre o de indeterminación, que Werner Heisenberg descubrió en 1925, de acuerdo al cual en la física cuántica no puede conocerse simultáneamente la posición y la velocidad de un electrón, se esgrime a veces contra el principio de causalidad, pero aparte de que no puede extrapolarse de la cuántica al resto de la física, tampoco puede extrapolarse de la física a la metafísica, y si en verdad hiciera excepción a la ley de causa y efecto ella podría aplicarse tanto para demostrar autonomía en la voluntad humana como para descartar la necesidad de un Dios en tanto causa del mundo.

DIOS: DE EPICURO A CAMUS

Pasando a Dios, por último, a fin de no incurrir en prolijidad excesiva y correr el riesgo de alargar demasiado esta enumeración de enigmas metafísicos, las pruebas a favor y en contra, como podría decirlo un relato policial, son abrumadoras y a tal punto comparables en peso, que solo la duda parece conclusión adecuada. Si se tratara de un juicio, el jurado se vería en aprietos para emitir veredicto porque según las pruebas el “acusado” no podría ser declarado ni culpable ni inocente, o más bien ni existente ni inexistente… El término “acusado” no es del todo impropio si se recuerda que para Nietzsche la mejor frase atea que conocía es aquella de Stendhal que sostiene “La única excusa de Dios es que no existe…” Antes de ir al significado de esta afirmación, conviene revisar los argumentos favorables a su existencia.

Desde luego, están ante todo los que aportan Aristóteles y Santo Tomás. Son cinco, y apuntan a las causas: en primer término, la de que exista el mundo. Se la suele llamar “prueba cosmológica”, ya que justamente para el cosmos es que demanda un creador, o causa. En el Estagirita se la conoce como “el primer motor inmóvil”, y se basa en la evidencia (para Aristóteles no había dudas sobre la realidad de las evidencias) de que hay movimiento, de que existe el cambio. Pues bien, todo cuanto se mueve o cambia lo hace porque un motor lo ha movido. Y ese motor, para mover al siguiente, a su vez ha debido moverse, o sea, ser movido por otro, previo. Pero esta cadena de motores antecediéndose uno a otro no puede ser infinita, debido a que si no hubiera un primer motor, mal podría haber un segundo motor, ni un tercero, etcétera. Ese primer motor debe ser capaz de mover al siguiente, sin que ninguno lo mueva a él: de ahí que sea un motor inmóvil: Dios.

Varias veces se ha dicho que no obstante toda su fuerza, este argumento es meramente verbal –“si no hay primero, no puede haber segundo”-, pero que en la realidad de la cosas nada impide que el número de esos motores sea infinito, o conformen una cadena circular. En Santo Tomás, las demostraciones de la existencia de Dios suman a esta otras cuatro, variaciones de la misma: la causa eficiente, o causa incausada que es causa de todas las demás; la contingencia de todos los seres, que pueden existir o no existir, y que por ende exigen un ser inicial cuya existencia sea necesaria y causa de los restantes; los grados de perfección: en todas las cosas se dan valores en distinto grado –bien, verdad, belleza: tiene que haber un ser en el que se den de modo absoluto y total, es decir, Dios, del cual extraigan la suya; la causa final: todo lo que existe tiende a sus propios fines, en consecuencia, es necesario que haya un fin último al que tiende todo, Dios.

Esta última “vía” del Aquinate ha sido remozada con el nombre de “diseño inteligente”: el universo funciona como un reloj y todo calza con todo, lo que exige que haya sido creado por un ser inteligente, y de suma inteligencia. Se ha dicho, precisamente, que si un reloj exige deducir que hubo un relojero, lo mismo ocurre con el universo, lo que a primera vista es muy convincente, pero con un poco de reflexión se advierte que en el mundo de la naturaleza la aparición de una máquina a todas luces artificial, como un reloj, es cosa muy diferente del propio mundo natural. Del mismo modo, si todo tiene que tener una causa y esa causa tiene que ser Dios, que carecería de causa, o sea, que sería la excepción primigenia a la ley de causalidad, lo mismo podría decirse de la materia: que es eterna, que nunca tuvo causa, tal como se pretende que Dios no la tendría… Por lo demás, si se deja caer un montón de piedras o de arena, asumirán por sí solas una disposición cónica o piramidal, en la que se habrán acomodado sin intervención inteligente: en caso de pensar, las piedras podrían decirse “encajamos tan bien unas con otras y formamos un cono tan simétrico, que ello debe ser resultado del cálculo”, lo cual no sería más que una suerte de ilusión óptica de la mente. En El chiste y su relación con el inconsciente, donde Freud reúne tantas bromas divertidas, está aquella del tipo que se admiraba de que los gatos tuvieran una ranura en el pelaje “justamente a la altura de los ojos…”

El “argumento ontológico”, de San Anselmo, llega a ser fascinante, como un prodigio de inteligencia: para Anselmo, el que afirma “No hay Dios”, es un necio, en la acepción de “ignorante”: no sabe lo que dice. Porque si lo supiera, comprendería que la definición de “Dios” es “aquel ser sobre el cual ningún otro mayor puede ser pensado”, y si se pretende que Dios solo existe en la mente, como concepto, pero no en la realidad, entonces no es el mayor que pueda pensarse, ya que habría otro superior que existiera a la vez en la mente y en la realidad –y siendo así, ¿cómo negar que existe? Según esto, el que niega que Dios exista se contradice -al afirmar que no existe un ser que por definición está en la mente y también fuera de la mente- o exhibe su ignorancia -negando un ser cuya definición desconoce.

EL ACERTIJO DE EPICURO Y LA PESTE

La citada frase de Stendhal –“La única excusa de Dios es que no existe”- remite al llamado Acertijo de Epicuro, que puede exponerse de la siguiente forma: a todos consta que en el mundo reinan el sufrimiento y el mal; si Dios no quiere evitarlo, no es bueno, y si no puede evitarlo, no es omnipotente: en cualquiera de los dos casos, no es Dios. El Ser Supremo debe ser infinitamente bueno e infinitamente poderoso. Y sin embargo, el mal y el dolor están ahí –aquí, a nuestra vista…

Es costumbre responder este argumento culpando al propio hombre y su libre albedrío de que hayan dolor y mal, pero aun omitiendo el hecho de que ese mismo hombre y su libre albedrío fueron creados por Dios (lo que haría a Dios, si no padre, abuelo del mal y del dolor), esto deja sin respuesta lo que es la piedra de toque de esta línea de razonamiento: muy bien, tal ocurre con el hombre, es responsable de su propio mal, pero, ¿y los niños: el mal y el sufrimiento, cuando lo padecen los niños? Para qué dar ejemplos de niños que han sufrido las enfermedades y muertes más espantosas: ¿de qué podían ser culpables, qué podría justificar los horribles padecimientos que se les ha visto sufrir hasta el último suspiro?

Posiblemente no haya motivo más eficaz para dudar que Dios exista, que el sufrimiento en un niño. En vano se buscarán respuestas a este misterio que roza lo malvado. Solo se puede echar mano a la fácil solución de que Dios sabe por qué hace las cosas, de que sus designios son inescrutables… Y, en el fondo, de que bien puede ser ese otro de los misterios de la metafísica que la inteligencia humana es incapaz de resolver.

Sin embargo, leyendo La peste, de Albert Camus, el escritor y filósofo existencialista que no era por cierto un creyente, pero sí un hombre de honestidad intelectual superior, se encuentra un personaje secundario que algo tiene que decir a este respecto: el jesuita padre Paneloux. Cuando la peste que azota la ciudad hace víctima al hijito de un juez conocido del médico protagonista y del sacerdote mencionado, que ya habían visto a muchos otros caer en las garras mortales, lo mismo que a personas de todas las edades, pero que por primera vez se enfrentan a un niño que les era cercano, se plantea de manera tácita el argumento de Epicuro. El niño muere gimiendo, agotado y encogido de dolor, horriblemente “mordido en el estómago” por la muerte que se lo lleva despacio, tomándose para ellos interminables horas. ¿Qué puede decir ante esto el padre Paneloux? Su respuesta quizá solo satisfaga a los creyentes, quizá no convierta a nadie, y quizá no lo autorice a él a morir tranquilo ni mucho menos feliz, pero es digna de tenerse en cuenta, digna a su vez del genio de Camus y de su lealtad para ideas que no compartía. Piensa el padre Paneloux –o Camus lo hace pensar-, no sin debatirse primero reflexionándolo con toda su alma puesta en ello –y estas son algunas de sus palabras, puestas en su boca por el autor y literalmente transcritas:

“…nada había más importante en la tierra que el sufrimiento de un niño y el horror que ese sufrimiento arrastra consigo y las razones que es necesario encontrarle… ¿Quién podría afirmar que la eternidad de un goce podía compensar un instante de dolor humano? Seguro que no sería un cristiano, cuyo Maestro conoció el dolor en sus miembros y en su alma. …El padre Paneloux diría sin temor a los que estaban escuchando: ‘Hermanos, ha llegado el momento. Es preciso o creer todo o negar todo. Y ¿quién de vosotros se atrevería a negar todo?’”

 

 

logo providencia blanco 2017

Sistema de Bibliotecas Públicas
Av. Providencia 1590
Lunes a Viernes: 09:00 a 23:45 hrs.
Sábado, domingo y festivos
10:00 a 19:45 hrs.

+562 2236 4336