logo providencia azul 2017
Viernes, 18 Mayo 2018 11:27
PARA BIBLIOTECÓFILOS…!
 

CLÁSICOS: O SEA, LOS MEJORES

Crónica literaria

 

Por Carlos Iturra

 

Antes de aconsejar –o desaconsejar, si fuésemos a ello- la lectura de los clásicos, más de alguien podría estimar conveniente definirlos… Sin embargo, ¿es realmente necesario hacerlo? Se dice que hay dos vías para adquirir el conocimiento de lo que significa una palabra: la definición lexicográfica, que entrega el diccionario, y la definición ostensible, que se obtiene de solo ver cómo se usa. Nadie requirió diccionario para enterarse de lo que significa mamá. Clásico se ha difundido y aun vulgarizado a tal punto, que cualquiera entiende cuando oye decir que El padrino es un clásico del cine, que Elvis Presley o Madonna son clásicos del rock, que desde luego El Quijote es un libro clásico, y así. Este uso masivo debería volver superflua toda definición: clásico es algo que el paso del tiempo, mucho o poco, ha prestigiado como de calidad indiscutible, como referencia ejemplar, como ejemplo supremo en su especie, como la perfección en su género.

 
“Hay quienes se jactan de lo que han escrito. Yo me jacto de lo que he leído”, dijo Borges, con estas o parecidas palabras: dudo no tanto porque cito de memoria como porque era impropio de él y de su ingeniosa modestia el recurso de la jactancia. En fin, he ahí un pensamiento que merece practicarse, pues lo que hace es recomendar la lectura de los mejores libros, ¿y para qué otra cosa debería servirnos el saber leer, si no para eso? Los mejores libros ya han sido escritos, sin que esto haya de tomarse como declaración de pesimismo ni referencia al lugar común de que todo pasado fue mejor, ni siquiera como desesperanza de que el presente o el futuro vayan a aportar, a su vez, libros que en un porvenir aún más remoto, sean clásicos por derecho propio: ocurre que los lectores, hasta los de mayor perspicacia, sumergidos en la marea de lo actual, raramente se encuentran en condiciones de distinguirlos y reconocerlos. Esa tarea es parte de otra más amplia, cuya ejecución apenas está permitida a muy escasas mentes geniales, y que es la de poder advertir en qué consisten los tiempos presentes, cuál es la naturaleza de la época que se vive, cómo es el mundo, la humanidad y el espíritu del que, si bien somos parte, rehúye nuestra mirada, tal como se escapa a la vista del nadador la superficie del mar por sobre el cual sus ojos asoman empañados, agitados y sin más perspectiva que la del oleaje inmediato.
 
Libros tremendamente exitosos en su momento, que se vendieron a granel y que incluso recibieron aplausos exaltados de críticos ilustres, ahora, si a algunos se los recuerda, no es por otro motivo que ese: porque hacen ver cómo las circunstancias pueden llevar a considerar valioso lo que no tenía otro valor que el muy efímero de contentar el momento. Lo mismo a la inversa, y peor aún: grandes libros en los que nadie reparó a su hora y que debieron esperar la posteridad para recibir la consagración merecida. Una buena forma de comprobar estos errores garrafales está, aparte los pronunciamientos de la crítica de antaño, en la revisión de colecciones publicadas por las mejores editoriales del pasado: digamos, la espléndida Aguilar, en su colección llamada nada menos que Obras Eternas de Autores Inmortales, donde se encuentra, completos, a Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Ibsen, Goethe, Schiller, Moliere, Stendhal, Wilde, inmortales indiscutibles, publicó también completos a Amado Nervo, Blasco Ibáñez, D’Anuzzio, Ricardo Palma, Cordovez Moure… En Crisol, otra de sus bellísimas colecciones, publicó junto a Homero, San Agustín, Saint-Simon, Jane Austen, Heine, Verlaine…, a Hugo Wast, Natalio Rivas, Juan Ruíz Contreras, Adofo Maillo, Vital Aza, Martínez Sierra y tantos más que, al ser editados, tenían buena venta y buena prensa, pero que no eran dignos del papel biblia y la encuadernación en cuero de un proyecto tan delicado y con tantos afanes de perdurabilidad como Crisol. ¡Qué decir de los mismísimos premios Nobel! Dejaron escapar a Tolstoi, Darío, Virginia Woolf, Proust, Joyce, Mishima, Yourcenar, Borges, a cambio de premiar a Deledda, Von Haidestam, Pontoppidan, Sppiteler, Echegaray, Sillanpaa…
 
Esto no quita que para los buenos lectores sea indispensable estar relativamente al día y en conocimiento de la literatura “al uso”, no solo manantial de aquella codiciada percepción del presente, sino a menudo también del placer irremplazable que brinda el arte literario. Pero para gozar de las cumbres y con seguridad plena, corresponde atender al cedazo del tiempo y acudir a los clásicos: en quienes rescata la antología que operan los siglos y las eras, se encuentra la grandeza suma, sin cuyo conocimiento el lector que ama lo bueno se pierde no solamente lo óptimo, sino que por lo demás se queda sin el marco de referencia gracias al cual podría evaluar con posibilidades de acierto sus lecturas de obras contemporáneas.
 
Los clásicos han sido definidos de diversas formas, algunas de ellas humorísticas: “Clásicos son los que se leen en clases”, o “Clásico es un autor del que todos hablan y nadie lee”, conceptos que no por chistosos dejan de contener cierta verdad. Sin embargo, y desde luego, quedan lejos de agotar la idea. Mejor lo hace Ítalo Calvino, para quien clásico “es un libro que nunca termina de decirnos lo que tiene que decirnos”, y por nunca debemos entender cuantas veces lo leamos y además cuantas generaciones lo lean. Borges pone el acento en el receptor y afirma que clásico es un libro que las generaciones de lectores leen con un previo asentimiento sobre su valía, como si en él cada palabra y cada párrafo fuera deliberado y fatal… Calvino y Borges son dos de los pocos clásicos contemporáneos de quienes cabe tener certeza de que seguirán siéndolo.
 
Recuerdo cuando José Donoso reveló la obsesión que sentía, como novelista, por captar la esencia del presente, por percibir y expresar lo más distintivo de lo actual. La idea me resultó tanto más sorprendente cuanto que por entonces yo era muy desdeñoso de lo contemporáneo. No tardé en comprender que su obsesión equivalía al máximo desafío posible para un escritor, y que todo gran escritor lo había enfrentado y vencido, de una u otra manera –ciertamente, cada cual a la suya. Así también comprendí que los grandes escritores del pasado habían realizado, entre otras, la hazaña de apresar en sus textos la esencia de sus propias épocas, y que ese era el motivo por el cual leerlos hoy era no solo revivirlas, sino más aún vivirlas
 
Balzac dijo que la novela es “la vida privada de las naciones”. Con la literatura contemporánea no se conoce más que la vida presente: con los clásicos se viaja por el tiempo y se traba relación con la vida que vivían y veían las personas en mundos que han desaparecido: uno mismo vive, durante un manojo de páginas, otra vida que la que le tocó, pero a la que no está condenado necesariamente ni en la que está enclaustrado como en una celda, si no quiere estarlo.
 
Marguerite Yourcenar reflexionó cierta vez acerca de los viajes, por los que sentía una pasión irreprimible: “¿Quién podría resignarse a partir de aquí sin haber dado antes una vuelta por su cárcel?” Con frecuencia he transpuesto esta idea a mi afición por la historia de la filosofía: ¿quién podría resignarse a morir sin antes haber intentado conocer lo que algunos de los más poderosos cerebros de la especie humana han entendido que es el mundo? Y desde luego se la puede transponer a la lectura de los clásicos: ¿quién y para qué podría limitarse al conocimiento de su mero presente, de su celda temporal, cuando tiene a su disposición la posibilidad de viajar por el tiempo y conocer múltiples presentes del pasado, con sus respectivas riquezas y sus correspondientes maravillas?
 
Erradamente, algunos pueden razonar que la longevidad de los clásicos los libra de volver a sufrir el examen y la crítica, alegando como algo presumible que ya se haya dicho todo de ellos y que disponen de cuantos elogios les convengan, pero no es así. Por la misma razón por la que los libros antiguos vuelven y vuelven a ser traducidos, haciendo a más de alguien preguntarse para qué, si ya un Homero y un San Agustín están en castellano hace cuatrocientos años –pues porque cada generación necesita leerlo en su propio lenguaje, que varía de año en año no solo de connotaciones sino incluso acepciones y uso de los términos, hábitos sintácticos, interjecciones, coloquialismos-, así también cada generación requiere que vuelvan a recordarle los clásicos, que eso se haga en sintonía con su particular sensibilidad y visión y que se le señalen sus atractivos desde una perspectiva que le sea máximamente empática y accesible. Por lo demás, tampoco es cierto que el comentario de los clásicos ha de ser necesariamente elogioso, pues de manera tan lenta como la deriva de los continentes o el desplazamiento de las capas tectónicas, algunos van saliendo y otros ingresando. Y así, con todo el respeto que le corresponde a Herr Johann W. von Goethe, es obligatorio prevenir al lector actual que su Werther ya está a punto de ilegible, sin perjuicio de la excelencia de otras obras suyas que posiblemente hayan de seguir siendo clásicas hasta el fin de los tiempos. En este sentido, el concepto de clásico es más amplio que el de canon, en el que solo se recogen autores que pueden tomarse de modelo o medida, un propósito laudable y por lo demás inevitable, pero que restringe nombres y títulos indispensables a un listado exiguo, teñido de las inclinaciones ideológicas de sus autores y producto más de una mentalidad o una transacción arbitraria, que del ecuánime transcurrir temporal.
 
Virtud sustantiva de los clásicos es que suelen ser simultáneamente culminaciones y precursores, pues sintetizan y amalgaman múltiples tanteos previos -de escritura, narración, ficción, versificación-, llevando variedad de atisbos parciales a una plenitud unitaria, digamos que triunfal, y resultando por ello paradigmas que luego inspiran a muchedumbres posteriores de epígonos e imitadores para los cuales devienen genuinas canteras. Exploran y conquistan: por vez primera divisan y exhiben panoramas vírgenes antes apenas sospechados, y al mismo tiempo los ocupan, en toda su extensión, de modo que sus continuadores no hacen sino cultivar comarcas dentro de sus vastos continentes. Esos seguidores y discípulos pueden por cierto arrojar muy hermosos rayos de luz, pero los clásicos son soles. Para leerlos y releerlos hay muchas más razones que las aquí reseñadas, sin que sea una empresa del todo factible fundirlas en una sola explicación persuasiva. Quizá la más honesta y objetiva esté en recordar de nuevo a Calvino: “Lo único que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos…”
 
 

 

PARA BIBLIOTECÓFILOS 2

logo providencia blanco 2017

Sistema de Bibliotecas Públicas
Av. Providencia 1590
Lunes a Viernes: 09:00 a 23:45 hrs.
Sábado, domingo y festivos
10:00 a 19:45 hrs.

+562 2236 4336