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Miércoles, 31 Octubre 2018 13:56
PARA BIBLIOTECÓFILOS…!
 

LAWRENCE, BORGES Y LA ÉTICA DEL ESCRITOR

Crónica literaria

 

Por Carlos Iturra

 

A Borges, que liberó la literatura de las supersticiones intelectuales que le imponían servir causas políticas -tales como el indigenismo, el proletarismo, el partidismo y otras similares, vigentes cuando él empezó a escribir-, a Borges, que la desencadenó de la servidumbre a credos sociales y la abrió a la fantasía, la metafísica, la magia, el universo, la historia, la erudición, la duda, con lo cual posibilitó entre otros fenómenos el realismo mágico y el llamado boom latinoamericano, a la vez que una nueva mirada literaria en todo el orbe, solían preguntarle sobre el compromiso del escritor con proselitismos como esos, mejor llamados ideologías, o con su época, o con su patria. A tales inquisiciones dio dos tipos de respuestas. Por una parte, sostuvo que lo más superficial de un escritor son sus opiniones: opiniones tiene cualquiera, si es que no todos, opinar no cuesta nada. Lo decisivo es la obra, cuya calidad es afectada según la cuantía del contrabando político que el autor le propine; su primera y única obligación, escribir bien: si lo logra, ha hecho bastante. “Son conocidas mis opiniones políticas –dijo-, aborrezco el comunismo, el nazismo, el antisemitismo y otros, pero no permito que intervengan en mi obra”.

 
La “literatura comprometida” era objeto de su rechazo por una irrefutable razón: implica que el autor no es libre –y en efecto, cuando nada requiere tanto como la libertad, el escritor que se compromete renuncia a ella, se recluta en una falange y a partir de ese momento no debe o no puede escribir lo que quiera y como quiera, acerca de lo que le brote del alma, pues queda obligado a cumplir con la ideología…, y en esa medida carece de independencia. Constreñido a la obediencia militante y a la coherencia doctrinaria, tendrá que llegar incluso a alabar lo que estime malo, a repudiar lo que difiera de su compromiso y a desdeñar, ignorar o negarse a entender todo lo demás. 
Del compromiso con la época o la patria, Borges mostró que es superfluo, ya que el escritor pertenece a su tiempo y lugar quiéralo o no: “Carece de sentido que me proponga ser moderno, o argentino, si inevitablemente lo soy, aun si me resistiera”: un escritor actual empeñado en ser actual, está dedicado a rizar el rizo.
Estos conceptos, interpretados en forma deliberadamente o ingenuamente frívola, podrían llevar a la muy errada conclusión de que Borges propicia una literatura irresponsable o indiferente a la suerte de los hombres y al dolor o la injusticia. Sin embargo semejante conclusión no haría otra cosa que demostrar un desconocimiento sustancial de lo que la literatura es, de lo que la literatura radicalmente es: un arte destinado al bien del ser humano, a confortarlo, enaltecerlo, hacerlo mejor. Solo que sus medios son sus propios medios, no los de la política, que posee los suyos, ni los de ninguna otra disciplina a la que deba secundar. La literatura no ha de ser edificante, moralizante, didáctica ni proselitista de causas ajenas a ella, porque todos esos fines los logra únicamente siendo buena literatura, junto con lograr así otro fin, tanto o más indispensable: ser universal, no solo útil para la secta. Ya lo decía Wilde: no hay literatura moral ni inmoral, solo buena o mala. Con ser buena, entrega, vía placentera, enseñanzas intraducibles que por ninguna otra senda pueden alcanzar el espíritu del hombre, elevándolo: ese es su papel irreemplazable en la cultura.
El escritor que ama su oficio y respeta la literatura siente que prostituiría su obra si le impusiera la sumisión a compromisos que en ella resultan espurios. Como ciudadano, puede –y hasta quizá deba- tener opiniones políticas, que por otra parte no representan ningún mérito porque no demandan el menor respaldo: como señala el mismo Borges, “a nadie se le ocurriría opinar, sin una preparación responsable, acerca de matemáticas, ciencias, metafísica, y sin embargo todos se sienten autorizados a opinar de política, que no es menos compleja.” Podría repetirse aquí el argumento relativo a la época o la patria del escritor: no necesita usar su obra para ofrecer sus preferencias políticas porque seguramente esa obra las va a reflejar, y no por aquella falacia de que “todo es política” –no más, en caso alguno, de lo que todo es biología, todo es psicología, todo es química, todo es física, todo es historia, todo es efímero-, sino porque la política es una de las tantas facetas de lo humano y un escritor debe ser capaz de decir, como Terencio, “Nada humano me es ajeno”. No omite necesariamente la política, pero tampoco la aborda para “concientizar”.
Un hecho digno de ser consignado es que los artistas que comprometen su arte con una causa, casi sin excepciones eligen la misma; ello les garantiza una suerte de hermandad, un “colectivo”, una sociedad de socorros mutuos que hace eco al mensaje que transmiten y les potencia la difusión. Pero basta recorrer los escaparates y anaqueles de cualquier librería para percatarse de que son infinitamente más numerosos los escritores libres de compromiso, independientes –solitarios, si se quiere. Al sacar esas cuentas alegres según las cuales “la inmensa mayoría de los escritores” está de tal lado del espectro político, ¡desde luego!, si solo se suma a los comprometidos y no se incluye en el cómputo a los independientes, siendo precisamente los independientes, en la medida en que no destinan su obra a la lucha contra el sistema, para que se lo demuela y reemplace por otro, los habitualmente denostados como cómplices del sistema imperante… Nadie -y menos que nadie los escritores- ignora que el mundo es perfectible, pero los que confían en las virtudes de su oficio literario para contribuir a ese objetivo son muchos más que aquellos otros en quienes la literatura es reducida a herramienta política.
También hubo compromiso religioso, abundante ficción y poesía católicas: Bloy, Claudel, Chesterton, Mauriac, Bernanos, Waugh, Graham Greene, Böll, Morris West, pero extrañamente hoy casi no queda. El compromiso está reducido a la más vulgar y pedestre de las opciones.
Se me viene Borges a la memoria mientras leo La moral y la novela, ensayo incluido en Pulso literario, de D.H. Lawrence, que tan cuestionado fue a su hora por la presunta inmoralidad de El amante de Lady Chatterley. En ese ensayo D.H. sostiene que el autor debe ser dócil a su materia, la que lo ha elegido para que él la narre, y no violentarla para que proclame lo que él y sus “opiniones” quieran. Argumenta que en este sentido la moral equivale al equilibro vibrante y cambiante entre la persona y el universo que la rodea. Y “aquí –prosigue- vemos la belleza y el gran valor de la novela (de la ficción, digamos más ampliamente). La filosofía, la religión, la ciencia (la política) están atareadísimas clavando cosas para conseguir un equilibrio permanente. La religión con su bien sujeto Dios, que dice ‘Tú no harás’ y martilla esto a fondo cada rato; la filosofía con sus ideas fijas, la ciencia con sus leyes (la política con sus convicciones); todos ellos, sin cesar, quieren clavarnos a tal o cual árbol. Pero la novela (la ficción), no. La ficción es el más alto ejemplo de sutil expresión que haya descubierto el hombre. Todo es cierto en su tiempo, lugar, ambiente, e incierto fuera de su lugar, tiempo, ambiente. Si uno clava algo en la novela, esto mata a la novela; o bien la novela se levanta y se va con el clavo.”
Acá es más persuasivo aún: “La moral en la literatura de ficción es la trémula inestabilidad de la balanza. Cuando el narrador apoya el pulgar en el platillo para hacer bajar la balanza hasta el nivel de su preferencia, eso es inmoralidad.”
Y el lector lo resiente y lo nota, por lo demás: nota perfectamente cuando el narrador, llevado por creencias ajenas a su relato y a su misión, mete el dedo para inclinar la balanza a su gusto y conseguir una finalidad que está fuera del único propósito noble que puede impulsarlo, el de obtener buena literatura –“expresar a la perfección un tema admirable”, según lo diría Henry James. De ese modo fraudulento, en vez de permitirle a su materia expresarse con cuanta plenitud y libertad pueda facilitarle, la tuerce, tergiversa y falsea cargándole sus propias vanas y vanidosas opiniones. Arruina la honestidad de lo que venía diciéndose y casi escribiéndose por sí mismo, por la potencia de la verdad interior de toda ficción genuina, y echa a perder también la calidad de esa literatura, que ya entonces dejó de ser buena. Peor aún: el escritor dejó de ser ético, el escritor ha incurrido en mentira; el escritor, llevado de su idea de que debe hacer el bien más allá de satisfacerse con escribir bien –que es el bien que le compete-, ha logrado, creyendo moralizar, volverse inmoral. Esto es así, de manera bastante concluyente, en ficción y en poesía, porque ninguno de ambos géneros existe para transmitir mensajes, por bienintencionados que sean: el mensaje explícito las degenera en panfletarias, y el solapado, en impostoras. Distinto es el caso del ensayo, cuyo objetivo sí que consiste en razonar sobre conceptos e ideas.  
No hay otro compromiso, para un escritor auténtico, que el que merece la más humana de las artes, la literatura. Someterla a cualquier otro es la inmoralidad que la vuelve mala
 
 

 

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