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Martes, 04 Diciembre 2018 08:46
PARA BIBLIOTECÓFILOS…!
 

APUNTES SOBRE LA ÉTICA

Crónica literaria

 

Por Carlos Iturra

 

El supremo argumento contra la existencia de Dios queda tempranamente manifestado en el “Acertijo de Epicuro”: el mundo está lleno de dolor, de sufrimiento, injusticia y maldad; pues bien, si Dios permite el mal hay dos alternativas: o no puede evitarlo, o no quiere evitarlo; si no puede evitarlo, no es omnipotente, y si no quiere evitarlo, no es bueno. En cualquiera de ambos casos, no es Dios… La persona que se aficiona a la reflexión filosófica y gusta saber lo que han pensado de esta vida y de este mundo los hijos más sabios de la especie humana, se entera de cosas como la siguiente: que la ética es una rama de la filosofía, dedicada a examinar el bien y el mal en la vida y los actos de los hombres, y que la moral se refiere más exactamente a las normas, legales, religiosas o simplemente sociales, que estipulan lo correcto o incorrecto; ambos términos suelen usarse indistintamente. Un recorrido por estos temas enseña asimismo que hay muchas posiciones al respecto.

 
Esa misma persona se entera, por ejemplo, de que Kant ve la vida humana sometida en todo a las leyes de causa y efecto, de manera que no hay nada que no sea el efecto de una causa. Este imperio absoluto del principio de causalidad es universal, excepto en los ámbitos de la ética. Para Kant, solo en la ética el hombre es libre. La única libertad que le es dada al hombre por la existencia, es la de optar entre una acción, o la contraria, según las decisiones de su conciencia ética.
Esta libertad no significa que dé igual optar por cualquiera de esas alternativas: significa, al revés, que la persona debe proceder correctamente a pesar de que podría no hacerlo. Kant llama a estas obligaciones “imperativos categóricos”, y es tan estricto que sostiene, por ejemplo, que la mentira jamás debe usarse, jamás: ni siquiera para defender a una persona que está siendo buscada por un asesino para matarla…
En la esencia de la ética de Kant se encuentra, igualmente, la idea de que toda persona es un fin en sí mismo, y por ende nunca debe ser utilizada como un medio, para nada. Mentirle, es ya convertirla en un medio, dejar de tratarla con el respeto de lo que un fin en sí mismo merece. Según la moral kantiana, no hay otra razón para hacer lo correcto, que el cumplimiento del deber por el deber mismo. Esta moral es racional, pues se basa en el proceso lógico de la inteligencia al examinar el asunto: su propósito es justamente brindar a la ética fundamentos ajenos a todo mandato externo e independientes de cualquier fe religiosa.
Una de las máximas de Kant para el proceder correcto es la que recomienda preguntarse qué pasaría si el acto que ejecutamos o pensamos ejecutar, lo cometieran todos: voy a cortar esta flor en el parque…, pero, ¿y si todos cortan a su vez una flor? El parque quedará desolado… No es bueno.
En Schopenhauer, la ética tiene raíces hinduistas y budistas. Su concepto central es el de la compasión, que quiere decir “padecer con”. Afirma Schopenhauer que, cuando comprendemos que todos somos materia doliente, hechos de la misma voluntad ciega que se materializa en miríadas de seres, comprendemos también que el dolor sentido por otro es idéntico al que sentiríamos nosotros en su lugar, y quien así lo comprende es entonces compasivo incluso con los animales.
Esto difiere del concepto cristiano de la “caridad por amor a Dios”, donde el acento está puesto en el mandato divino. Schopenhauer objeta la moral cristiana diciendo que no es ético sobornar con premios o amenazar con castigos para conseguir que un hombre sea bueno. En la misma línea, Borges ha dicho que los actos de los hombres no le parecen tan relevantes como para merecer ni el fuego de los infiernos ni el paraíso.
El hinduismo y el budismo profesan la idea del karma. Es bien sabido que de acuerdo a este concepto el destino post mortem de los hombres depende del bien o mal que hayan hecho en vida, en cada una de sus vidas: las reencarnaciones pueden ir siendo cada vez mejores si el karma no se ha cargado de maldades. En el hinduismo original esas reencarnaciones no tienen fin, mientras que en Buda culminan, cuando el proceso ha sido ascendente, en el Nirvana, donde el ser descansa finalmente de la existencia y se aniquila en el Todo. Ciertas corrientes budistas ven el Nirvana como un jardín edénico, a la manera del cielo cristiano, pero las escuelas más estrictas y más ortodoxas mantienen que el desenlace, el mejor posible por lo demás, es el Nirvana que consiste en ser nada.
En parte discípulo de Schopenhauer, Nietzsche rechaza la compasión y además la tradición cristiana de la caridad: afirma que la moral occidental procede judíos y cristianos, los cuales la generaron cuando eran esclavos: por ende, su moral es la de los débiles, no la de los amos, como en la antigua Grecia, no la del vigor de la vida, sino la de su debilidad. De ahí brota la idea del superhombre, que obedece al empuje de la vida y está por encima de las viejas nociones del bien y del mal. La utilización de estas ideas por parte del Nacismo contribuyó mucho a desprestigiarlas y malentenderlas.
Los epicúreos de la era Helenística y los estoicos romanos coinciden en recomendar la vida equilibrada, el “dorado término medio” de Aristóteles, que libra de los excesos del ascetismo y de la “hybris”, que es la embriaguez de los sentidos pero también la arrogancia espiritual: el hombre sabio ni siquiera aspira a la felicidad, sino a la serenidad. Solo que los epicúreos ponen énfasis en el disfrute de las cosas buenas y la aspiración a una tranquila felicidad, mientras que los estoicos se centran en cultivar la entereza y el valor como remedios frente a los males de la existencia.
El concepto de virtud fue clave para ambas escuelas, y del estoicismo pasó al cristianismo, pero para todos ellos, desde Aristóteles, una virtud equivale en verdad a una fortaleza, a un vigor: el que impide caer en la debilidad de hacer el mal, o lo incorrecto, el que otorga la energía de hacer lo que se debe.
La felicidad, más aún que para los epicúreos, es un concepto esencial para la moralidad de los “utilitaristas” ingleses,  pues declaran correcto lo que produce mayor placer frente a lo que produce dolor. Para el peligro de que cada uno busque su felicidad sin consideración al bien de los otros, Bentham proponía que la ley se encargara, con castigos y premios, de conciliar el interés individual con el interés general. Según él, el principio de la felicidad se plantea así: “La mayor felicidad del mayor número es la medida de lo correcto o equivocado.”
Para Marx y el marxismo, como para los católicos, la moral consiste en consagrarse a la “causa”, la del Cielo para los cristianos, la de la revolución para el marxismo, pero mientras que para los primeros se trata de una salvación colectiva, pera los segundos la salvación es personal. En el fondo basada en el análisis económico, la ética marxista consiste en la opción por los oprimidos y contra los opresores, según sean o no los dueños de los medios de producción: el marxista tiene como primer deber contribuir a la lucha de clases, sin importar de qué forma, incluyendo eventualmente el uso de la violencia. Se trata de una moral social que bien poco se pronuncia respecto de la moral personal, por lo que podría entenderse que para efectos de las relaciones entre individuos el marxismo considera válidas las normativas cristianas.
Antes de Marx, en el Renacimiento, Maquiavelo había revelado, en El príncipe, no una moral que él recomendara, sino la moral que según él se deducía al observar la práctica de los príncipes, los poderosos y los hombres en general: el fin justifica los medios. Puesto que el marxismo afirma que “todos los medios de lucha son legítimos”, cabe sostener que rescata esa máxima de Maquiavelo.
Con posterioridad a Marx, ya en el siglo XX, el existencialismo es quizá la escuela más difundida. Desde Kierkegaard, del siglo XIX, pasando por Husserl, Heidegger y Sartre, postula el estudio del hombre, su conciencia y el contenido de esa conciencia, por encima del estudio del mundo exterior y de los grandes conceptos abstractos de la filosofía tradicional. Desde el punto de vista de la ética, considera que el hombre es esencialmente libre y dueño de sus actos, no obstante habitar un mundo caótico y absurdo en el cual cada uno tiene que darle sentido a su vida a medida que va eligiendo. Y elegir es la manifestación de la libertad. Sartre denomina “mala fe” al permanente afán del hombre por rehuir su responsabilidad y hacerse el desentendido de sus propias resoluciones, echándole la culpa a una infinita variedad de presuntas causales.
Wittgenstein, filósofo matemático y lógico, sostiene que el lenguaje solo sirve para nombrar hechos, cosas, y que es inválido para conceptos abstractos y nociones generales tales como “bien absoluto”, realidades estas –si son tales- que por tal motivo vienen a resultar inefables, o sea imposibles de ser dichas. Pero no por estar más allá del lenguaje deja de haber en el hombre un anhelo de eso “otro”, una profunda aspiración por lo indecible, por lo que el lenguaje no puede captar: ese más allá que brilla detrás del lenguaje y que la mente humana intuye, viene a representar una suma de felicidad, de perfección, de plenitud, de bien absoluto, al que la conciencia necesariamente tiende. Así, la ética se convierte en un deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida. Wittgenstein concluye: “La ética … es testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo, personalmente, no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría.”
A pesar de su variedad, se equivoca quien deduzca sin más que estas y otras formas de entender la ética, es decir el estudio de las buenas costumbres, o la ciencia del bien, prueban la relatividad de los valores. Lo cierto es que algunos valores varían: por ejemplo, el pudor no es hoy tan apreciado como antes. Pero en cambio jamás se ha sabido que una corriente filosófica recomiende la traición, la burla, el robo. Hay valores que ninguna escuela deja de recomendar y en lo posible de seguir: la lealtad, el coraje, la fraternidad, la honestidad, la generosidad, la solidaridad, la justicia, son ideales comunes a todas las culturas.
Para Wittgenstein, es algo que está más allá de las palabras. Para San Pablo, veinte siglos antes, era algo que estaba inscrito en el corazón de cada persona: la ley del bien y del mal.
 
 

 

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