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A CADA LECTOR SU LIBRO

Viernes, 23 Junio 2017 14:44
Juan Jorge Lazo
Director
 
Muy escasos deben ser los libros de los que pueda decirse que se dirigen a cualquier lector, a todo lector, y que a todos han de satisfacer. Está, desde luego, un caso como el de El principito, cuyo encanto seduce a niños y adultos, a lectores adiestrados y a principiantes, y qué decir del caso de los Evangelios, o posiblemente del Nuevo Testamento en general, que es capaz de leer con provecho el que apenas sabe leer, que incluso el analfabeto puede oír a otro que se lo lea obteniendo ganancia espiritual y cultural, y que no menos enjundioso y lleno de savia resulta para los más sesudos teólogos y filósofos, como lo demuestra la historia del pensamiento humano. ¡Pero y ni aun así podría darse por seguro que esos dos libros vayan a colmar las expectativas o siquiera despertar el interés de todos los lectores!
En un viejo prólogo a las obras de un autor de novelas policiales, viejo también –y bastante olvidado, Edgar Wallace- se hace referencia a la popularidad de que gozó en la segunda mitad del siglo XIX el llamado género narrativo de misterio o intriga, que hizo en su tiempo la fortuna de editores y autores de folletines tan vendidos por entonces como hoy los llamados best-sellers: el prologuista afirma ahí que el público de esa producción “pasó a ser masa, cantidad”, y hace una divertida y también algo desdeñosa enumeración, a la española, de los presuntos integrantes de esa multitudinaria clientela: “Porteras, sirvientes, pensionistas, clases pasivas, militares sin graduación, apaches, daifas, horteras, cocotas, probos funcionarios…”
Los escritores que paladeaba ese sospechoso público, tan célebres en su hora, se llamaban Ponson du Terrail, Gaboriau, Merouvel, Méry, Montepin… Cualquiera pueda hacer hoy día una lista equivalente de acuerdo a su propio gusto, con nombres que circulan a granel por vitrinas y escaparates, diarios y “más vendidos”… 
De todo ello hay varias conclusiones que pueden extraerse. 
Una, por ejemplo, que muchos famosos o “famosillos” de hoy estarán mañana en el más perfecto de los olvidos. Otra, que tener muchos lectores nada dice por sí mismo de la calidad de la obra leída ni de la calidad de quienes la leen: lo leen miles y miles, sí, ¿pero quiénes son? Y otra, por último, quizá la más importante: que aun para “porteras, cocotas y apaches”, entre muchos personajes por el estilo, y dicho sea con todo respeto, hay qué leer, existen libros satisfactorios, se cuenta incluso con una puerta de acceso al mundo de los grandes libros y con un camino para llegar a ser un lector exigente, que no se contenta con andar trayendo bajo el brazo cualquier ejemplar de morralla y que aspira a cultivar su mente con pensamientos, aventuras y entretención de la mejor calidad posible.
Quizá resulte fácil hacer mofa de ciertos libros que sin llegar a rozar el nivel de la literatura andan en boca de todos, y hasta quizá sean merecedores de esa mofa, pero hay una buena defensa para ellos, y es que pueden representar el primer peldaño para alguien que apenas comienza su carrera de lector y que, sin esos preliminares más o menos elementales, deficientes y torpes, nunca tal vez hubiera comenzado la senda que conduce a Homero, a Thomas Mann, a Virginia Woolf, a Borges, a la Mistral…
 

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