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VIGENCIA DE LAS BIBLIOTECAS

Viernes, 23 Junio 2017 14:49
Juan Jorge Lazo
Director
 
Alguien definió diccionario, y no sin gracia, como el único libro de autoayuda que realmente ayuda. Aunque esas palabras implican cierto desdén por todo un próspero negocio, como es justamente el de los así llamados libros de autoayuda, desdén que habría que examinar puesto que posiblemente haya quienes se benefician de ellos –de leerlos, no ya de escribirlos y de venderlos-, implican asimismo un elogio bien merecido, y esto es indudable, por el conocimiento de lo que significan las palabras y por la posesión de un vocabulario amplio. En esta medida, la citada “definición” de diccionario puede hacerse extensiva a la generalidad de los libros que obedecen a la denominación de “obras de consulta”, y que no son para leer de corrido sino justamente para acudir a ellos con el objetivo de resolver dudas específicas sobre lenguaje no menos que sobre múltiple variedad de materias.
Ocurre sin embargo que tanto los diccionarios de la lengua como las obras de consulta en toda su amplitud, se encuentran hoy más a la mano en internet que en una repisa, partiendo por el mismísimo diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, mejor conocido por la abreviatura de Diccionario de la RAE. Más aún, podría sostenerse que en materia de obras de consulta, internet ha llegado a suplir casi a la perfección la conveniencia de poseer en casa algunas de las más indispensables, como el propio diccionario de la lengua y algunos otros, de filosofía, de historia, de ciencias, de idiomas, de dudas del idioma… Todos ellos, sin ocupar espacio alguno, pueden consultarse hoy en la pantalla no ya del computador, sino en la del teléfono.
Dado que también ocurre algo parecido con obras de toda clase, incluyendo las literarias, novelas, cuentos, poesías, más de alguien, antes de haber hecho una comprobación empírica del asunto, podría sostener que internet ha detonado la decadencia de las bibliotecas, tanto “caseras” como públicas. Y no es así, más bien está lejos de ser así. Desde luego, una casa sin libros es como un cuerpo sin alma, se ha dicho, y hay mucha verdad en ello. E igualmente, una biblioteca pública sin público es todo lo contrario de lo que observa, cuando menos, quien acude a las del Sistema de Bibliotecas de Providencia. Cualquiera, por mero espíritu indagatorio, puede hacer la prueba, y verá no solo que las salas de lectura están llenas, sino también, detalle digno de realzar, que las llena en su mayoría gente joven, estudiantes que acuden a ellas para leer y repasar sus materias en ese grato espacio dedicado al conocimiento, en esa atmósfera de silencio y respeto por el saber y por el vecino, que es una de sus características más inconfundibles y exclusivas.
Comprobar este fenómeno, capaz de llevar al observador hasta el asombro, también lo llevará hasta un saludable optimismo acerca del papel irreemplazable que siguen teniendo las bibliotecas públicas y que renueva las esperanzas a veces vacilantes en el valor de la cultura y el conocimiento y en la dedicación con que se entregan a ellos tantas y tantas personas.
Los progresos de las ciencias, de la técnica, de la tecnología, particularmente en el plano del acceso al saber, no han afectado en lo más mínimo la noble tradición de las bibliotecas públicas, y bien podemos en la comuna de Providencia enorgullecernos de tan auspiciosa realidad.
 

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