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TIEMPO DE LEER

Viernes, 22 Septiembre 2017 16:59
Juan Jorge Lazo
Director
 
Aunque nadie discute que la literatura es una de las manifestaciones más altas de la esencia humana, y aunque bien se sabe que pocos “escapismos” hay más nobles que la lectura, un escapismo que no aleja de la vida, sino que sumerge en ella, el hombre contemporáneo carece de las mismas posibilidades de antes para disfrutarla. El tiempo, que pareciera correr cada vez con mayor aceleración, se vuelve más y más escaso, y la mayoría de las personas vuelve a su hogar, tras una intensa jornada de labores, trámites, diligencias, en tal estado de agotamiento, que apenas le quedan ganas de jugar un rato con los hijos, ver algo de televisión y partir a la cama para poder empezar el día siguiente, a primera hora: antes incluso que salga sol, ya han salido las personas a enfrentar, primero, las congestiones del tránsito, y luego las demás cotidianas obligaciones inexcusables.
 
Por eso la respuesta, cuando se le pregunta a alguien si gusta de la lectura, suele ser “Me gusta mucho, y cuando joven leía, pero ahora no tengo tiempo…” Es una respuesta respetable y, sobre todo, verdadera en la generalidad de los casos. ¿Cómo no encontrar en ello una de las más empobrecedoras limitaciones de nuestra época? ¿Para qué repetir todo lo que se pierde el que no puede o no quiere leer? 
 
Y sin embargo, por muy arrinconadas que estén debido a la falta de tiempo no menos que a la proliferación de “diversiones” y pasatiempos alternativos, es un hecho que el hombre sigue y seguirá produciendo literatura tal como las abejas producen miel, y que seguirá habiendo siempre quienes busquen un momento para la lectura tal como las abejas buscan el polen: así, hasta que se extinga la especie, ya sea la humana, ya la de las abejas, o bien tanto la una como la otra.
 
Por lo menos, las editoriales no se han extinguido, esos panales de libros que persisten en la tarea de ofrecer a diario nuevos títulos, ni se han extinguido las bibliotecas, por el contrario: cualquiera de ellas que uno visite, estará llena de gente que lee, estudia, aprende y, eventualmente, se vuelve más sabia y más buena… Un hecho notable, en esa masiva concurrencia, es que está formada principalmente por jóvenes y por adultos mayores, es decir, por quienes aún no empiezan su vida laboral y por quienes ya la terminaron. Al resto, de sobra se sabe: no le alcanza el tiempo.
 
Y si algo requiere el hábito de la lectura, junto con hacer de él efectivamente un hábito, es tiempo. Faltando este, cualquier intento que se haga por promoverla se estrella con una compleja dificultad: pese a lo cual no cabe la opción de renunciar a difundirla, sino por el contrario, se impone la necesidad de seguir probando fórmulas que acerquen al objetivo. Leer buenos libros no es algo que puedan reemplazar ni la televisión, ni la prensa, ni las películas, ni los viajes, ni las siestas, ni los paseos. Cada una de esas actividades, como muchas otras, aportan lo suyo al cultivo del intelecto y a la expansión de la consciencia, pero en la literatura y en los buenos libros hay algo que solo ellos aportan, algo que en vano se buscará en otras fuentes: el diálogo silencioso entre uno mismo y un autor que ha puesto sobre el papel lo mejor y más hondo de sus reflexiones y de sus pensamientos, de su imaginación, de sus recuerdos, de su fantasía.
 
Mientras tanto, en espera de un tiempo escurridizo que nos aleja del libro, hay que mantener el interés vivo, y sacarle provecho a la micro, al metro, a la espera en las antesalas, abriendo el volumen en el punto en que haya debido interrumpirse la lectura, para reanudarla así sea tan solo por un par de párrafos. De ese modo es como evitaremos que muera el hábito de uno de los placeres más intensamente humanos que existen. Y entretanto, de un compromiso a otro, entrar a revisar cualquier librería que se nos cruce en el camino, sin perder tampoco la ocasión de visitar una biblioteca y leer en ella un poema, un cuento, un ensayo, ¡lo que sea! O de lo contrario, la misma prisa con que vuela el tiempo nos llevará al desenlace que a todos nos aguarda, habiéndonos impedido la gratificación incomparable que es propia de la palabra escrita.
 

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