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TODOS LOS DÍAS, DEL LIBRO

Martes, 10 Abril 2018 08:46

Por Patricia Benavides Narváez

 

Jefa Departamento - Sistema de Bibliotecas de Providencia

 
El 23 de abril es, desde hace algún tiempo, el Día Internacional del Libro. Una efeméride muy merecida que, como biblioteca, somos los primeros en conmemorar, y que a la vez, justamente porque somos biblioteca, tiene para nosotros algo de redundante: para una biblioteca todos los días del año son del libro…
Para nosotros, efectivamente, el libro consiste en una privilegiada tarea cotidiana, puesto que nuestro quehacer es volcado sin cesar al servicio de títulos, portadas, páginas, volúmenes, tomos, lomos y, por cierto, más que nada, lectores. Porque, ¿qué es un libro, mientras no está abierto frente a los ojos de un lector? Tan solo una cosa: un objeto rectangular, más bien plano… Pero claro, no se trata de un objeto cualquier, sino de un objeto mágico, en el que el contenido es mucho mayor que el continente. Hasta el más pequeño libro puede encerrar mundos, con toda una infinita extensión tanto de espacio como de tiempo. Siendo tan breve, El principito incluye las estrellas, los planetas, la Tierra, es decir, el universo, y el universo conlleva la eternidad.
Hoy en día adquiere nuevas dimensiones la reflexión sobre este mágico instrumento del espíritu y de la cultura, que Borges denomina “una prolongación de la memoria y de la imaginación” mientras que todos los demás instrumentos del hombre son extensiones de su cuerpo (“el microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista: el teléfono es extensión de la voz; el arado y la espada, extensiones de su brazo”). Hoy, cuando el “soporte” libro puede ser ya no tan solo esa cosa rectangular hecha de papel y cartón, sino también un “doc.” electrónico, un eBook, un “formato” digital, cabe preguntarse cuál es en verdad el libro: si el que fue escrito, digamos “el texto”, o aquella sustancia más o menos material en la que reposa. Al ver un libro en una vitrina o estante, nadie vacilaría en llamarlo por ese nombre, libro, pero, ¿y si estuviera en blanco, seguiría siendo un libro? Por otra parte, ¿cómo podría crearse una obra, por ejemplo, literaria, sin un sustrato material…? Desde luego, en la antigüedad, antes de la invención del libro, las obras literarias eran creadas para la memoria y en ella residían: los rapsodas iban cantando La Ilíada y gracias a ellos se conservaba de generación en generación. Entonces surgió el papiro, y luego el pergamino, y luego el papel, y el rollo, y finalmente el libro propiamente tal, para convertirse en esa extensión de la memoria que dice Borges, y liberar al hombre de la memorización de palabras que merecían conservarse: un alivio que se había vuelto indispensable, en la medida en que el saber y las creaciones literarias se habían multiplicado al punto de que ya no habría sido posible esperar que perduraran en el simple recuerdo y menos aún que pudieran ser consultadas y conocidas por cualquiera.
Habría que decir que el libro es ambas cosas: las palabras que un autor ha organizado, y el objeto material que las conserva, sea la memoria, el volumen, el formato digital. Pero al mismo tiempo, no cabe duda que el libro por excelencia es el que consiste en cartón y papel –o papiro, o pergamino- y palabras impresas: ese es, ante todo, el libro ancestral de las bibliotecas. Y ese es el que se conmemora este mes, dado que sin importar cuántos nuevos soportes proporcione la inventiva humana a las creaciones verbales del espíritu y a la retención del pensamiento y el saber, el libro tal como lo conocemos siempre será una de las joyas supremas de la cultura. Una joya que en el Sistema de Bibliotecas de Providencia y sus diversas sedes celebramos todos los días, y a la que dedicamos el año entero.
 
 
 
 
 

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